Al grito de libertad:
¡Icemos la bandera!,
hagamos nuestro escudo
el eterno escudo de ella.
Con porte de soldados
apoyémosla en las mesas,
frente a los charlatanes
y en esos campos sin siembra.
Alcemos las fuertes voces,
cantos con fuego, y velas
rojas como cien ladrillos
sangrientos por la moneda.
Lágrimas, aceite ígneo
que alimenta paz guerrera
y enciende el inmenso faro
que al final de la guerra lleva.
Felipo el del Calipo
martes 3 de febrero de 2009
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